18.7.11


Eso se trasvasó de un muerto a un vivo.
De un cuerpo manco
a las manos más hábiles que viví
en lo que va.
Eso, esa cosa,
ese líquido seco,
esa masa que escurre,
pasó de uno a otro,
sin intermediarios.
Eso se trasvasó de un muerto a un vivo.
De un cuerpo manco
a las manos más hábiles que amé
en lo que va.
No se tocaron.
El vivo no vivificó al muerto.
El muerto no mortificó al vivo,
pero ciertamente
le cedió esa cosa
que le cubrió por completo las manos.
Ahora la ausencia
se moldeó como un guante.
Se trasvasó de un muerto a un vivo.
De un cuerpo manco
a las manos más hábiles que viví
en lo que va del amor.

11.3.11


Ya llevo dos días esperando que sedimente.
Que la purpurina termine de caer en mi lapicera de agua.
Pero entonces,
cuando todo parece estar por aquietarse,
me urge de pronto anotar una palabra.
Pucha, escribo,
y le pongo un signo de exclamación al final,
sólo al final,
uno solo,
como si así evitara algo.

9.2.11


Ahora crepita un fuego que no sabemos cómo se apaga.

Recién estábamos lejos, bastante lejos del fuego, en la otra punta de la habitación que prometía mantenerse cálida en cualquier parte. Pero empezamos a sentir algo de frío.

Íbamos a decirnos algo. A ofrecernos frazadas, alguna manta tejida al crochet por alguna madre preocupada por que el calor se alcance sin necesidad del fuego.

El fuego quema. Enciende, arde, urge, y después carboniza.

Las madres siempre saben eso. Y el “yo te dije” de las madres promete siempre mantenernos fríos en cualquier parte, ahí donde estemos. Así que nos acercamos a las llamas, sin remedio, con la sola esperanza de desmadrarnos.

3.1.11

Novela inconclusa: Capítulo 1, Parágrafo 4

       Una cicatriz –imposible no decirlo, rencorosa– traza un surco no muy regular sobre la piel de Cristina, a unos cinco centímetros por debajo del ombligo. Se hunde en la carne como un mordisco y luego se pierde en el interior de la bombacha, en un terreno que ahora se reserva.
       Cristina ha sido madre, es un hecho. Ocurrió hace unos dieciséis años, y por cesárea. Lo que salió por la incisión está en estos momentos –eso cree, eso espera– mirando la televisión en la mejor habitación de la casa, la más aireada, la más luminosa. Esas cualidades no deben resultar muy notorias ahora, porque es de noche, y el calor en estos días está tan insoportable, que hubo que cerrar las ventanas y encender el aire acondicionado. Pero créanme lo que les digo: esa habitación es la mejor, incluso, la más grande, y además, por ser la última del pasillo, la más apartada de los ruidos de la casa, tiene la ventaja de ser la más tranquila. Es una habitación perfecta para la recuperación de un enfermo, perfecta. Fue justamente eso lo que pensó Cristina cuando, hace cosa de seis meses, se decidió a comprar este chalet en La Lucila.
        Hubo también otros motivos, claro. Pero si bien todos le parecen igualmente inocentes, a Cristina no le resulta igual de fácil confesarlos. Hay uno que se lo podría haber dicho en cualquier momento a cualquiera, pero nadie preguntó. Ni siquiera Julieta. Imaginemos, sin embargo, que alguien, la Dra. Guzmán, por ejemplo, le hubiese hecho la pregunta: Y contame, Cristina, ¿por qué te mudaste a La Lucila? Entonces seguramente Cristina habría izado las esquinas de los labios, habría mostrado los dientes, los mismos dientes que la misma Dra. Guzmán cinceló en su boca agradecida, y habría respondido con un acceso verborrágico cuyo comienzo podría haber sido éste: Es que La Lucila es una zona muy linda, doctora. Supongo que usted conoce. Hay mucho verde. Es muy tranquilo. Y es cierto. En La Lucila, los autos se deslizan por el pavimento con una suavidad inédita, como si llevaran un silenciador, o como si en lugar de asfalto hubiera alfombra. Cada cual tiene su jardín, cada cual su pileta, los espacios comunes se reducen estrictamente a los que impone la calle, y casi nadie siente la necesidad de interactuar con nadie. Es una zona verdaderamente muy linda, Cristina tiene razón. Pero antes de que llegara a largar el segmento de estos últimos comentarios laudatorios, que exigen una sintaxis un poquito más compleja que los primeros, mientras todavía estuviera reuniendo las palabras necesarias, la Dra. Guzmán ya habría tenido tiempo de asentir con dos inclinaciones de cabeza, pausadas y profundas como las hace ella, se habría dado por satisfecha, y seguramente ya habría pasado a la próxima pregunta: Cristina, ¿cuántos pacientes me citaste para el lunes?
        Pero no, ni siquiera ese motivo podría confesárselo a cualquiera. Y mucho menos a la Dra. Guzmán, no justo a ella, que no sabe, y por nada del mundo se tiene que enterar, que Cristina compró una casa en La Lucila. ¿De dónde habrá sacado la plata?, sería lógico que le despertara la curiosidad, aunque tratándose de la Dra. Guzmán, que es tan gentil, y que cada vez que encuentra una punta escabrosa la pule para que no lastime, una pregunta como ésa, incluso viniendo de una dentista, sonaría demasiado incisiva. Podemos estar seguros entonces –Cristina pondría las manos en el fuego– de que una pregunta así, todavía más puntiaguda que cualquiera de las piezas de su instrumental, nunca llegaría a la boca de la Dra., o por lo menos nunca asumiría la segunda persona para venir a integrar la serie de las preguntas con las que la Dra., entre paciente y paciente, invita a abrir la boca a Cristina. La descartaría inmediatamente, igual que el par de guantes después de cada consulta, y aunque a diferencia de los guantes, la pregunta quedaría sin uso, la Dra. Guzmán buscaría enseguida una nueva: ¿Cómo anda Julieta, que hace tanto que no la veo? Pero, puestos a conjeturar, quizás es más probable que la Dra. Guzmán optara por un retorno decoroso al área profesional –¿Llamó el mecánico? Este hombre me anda debiendo una prótesis…–, y dejara para otra ocasión las visitas a los territorios personales que, según se sabe, si bien la cortesía las patrocina de vez en cuando, la mayor parte de las veces las desaconseja.
        Aunque existe incluso otra posibilidad, y es que, tratándose de la Dra. Guzmán, ella que es tan distraída, la curiosidad no llegara a presentarse sino bastante más tarde, cuando volviendo a casa con el auto, y queriendo encender la radio, apretara por error el botón cuya única función es la de mostrar la fecha, y entonces reparara por primera vez que estamos a día 30, y eso que tuvo delante de los ojos durante toda la tarde cientos de calendarios, porque si hay algo que sobra en el consultorio son calendarios, chiquitos, de escritorio, grandes, de pared, con la marca de un cepillo dental, de un colutorio, de un dentífrico, pero no sería raro que la Dra. Guzmán se apercibiera recién a la noche, cuando ya no faltaran tantas horas para que el botón mostrara el principio del mes siguiente, que estamos a día 30, y no fuera sino recién entonces cuando se acordara de que todavía no le pagó a Cristina. Qué papelón… Y qué problema, justo ahora que viene el fin de semana, a lo mejor Cristina necesita el dinero… ¿Y por qué no me habrá dicho? Ay, Dios, esta mujer… Y es posible que ni la propia Dra. Guzmán supiera aclararnos, en este caso, a cuál mujer haría referencia el suspiro, o si sin saberlo estuviera avalando, al menos parcialmente, la hipótesis de aquella vieja canción de Vox Dei. Pero lo relevante es que sería tal vez en ese momento, recién en ese momento, cuando el hilo del pensamiento se desovillara hasta el punto en el que la pregunta alcanzara su formulación. Una simple asociación de ideas, ningún gran despliegue, nada que un cerebro incluso cansado no pueda remontar fácilmente: de la presunta necesidad de dinero a un dispendioso gasto reciente no hay más que unos pocos centímetros de ovillo.
        Uno de los focos del baño se puso a pestañear. Clac, acaba de decir, y se apaga. No hay nada que hacerle, por más sofisticadas que sean, por más caras, carísimas que sean, por más dicroicas, halógenas, fotosintéticas, termodinámicas, hipostáticas, por más modernas que sean, tarde o temprano todas las lamparitas se queman. Cristina deja caer el ruedo del camisón y levanta los ojos. En la columna de la izquierda, el foco del medio no sólo está apagado, sino también ennegrecido. Ahora son siete, pero recién eran ocho las lamparitas –cuatro a cada lado– que enmarcaban el espejo, igual que en un camarín. El espejo con todas sus luces estaba ya en la casa cuando Cristina la visitó por primera vez con el empleado de la inmobiliaria. Los artefactos quedan, le había dicho, y quién sabe si, dentro de los motivos más difíciles de confesar, no estaba también éste. Hay cosas que uno no puede comprar, aunque tenga la plata. En el caso de Cristina, este tipo de espejos es una de esas cosas. Pero si el espejo ya estaba ahí, ¿quién podría decirle nada? Nadie decide comprar un chalet por el espejo del baño.
        Y a pesar de que el espejo ya estaba ahí vaya uno a saber desde cuándo, a partir del momento en que entraron buscando en dónde apoyar las manos, e incluso durante el tiempo en que duró eso que amenazaba con definirse en un desmayo pero que finalmente no lo hizo, los ojos de Cristina habían estado esquivando meticulosamente el encuentro con esa fosa abisal. El espejo –quién mejor que Cristina para atestiguarlo– es una zona aún más seductora que La Lucila, pero también más peligrosa. Se oferta como una plataforma que promete sostener el peso de la imagen y devolverlo intacto, pero periódicamente, y sin que ninguna señal anuncie la inminencia del desastre, su superficie se resquebraja como una plancha de hielo y la imagen se llena de esquirlas. Y eso sólo si logra pegar el salto antes de caer y sumergirse en la profundidad.
        Hace tiempo ya que Cristina ensaya cierta distancia con los espejos. Sobre todo si no está muy vestida. Sobre todo en verano, cuando a pesar del aire acondicionado, no hay hielo que persista. Y entonces es probable que el asunto de la lamparita haya sido una trampa. Porque después de haber estado resistiendo con un estoicismo sublime –máxime si pensamos que la amenaza de un desmayo en general logra que la mirada se abandone en cualquier parte–, un pestañeo, un clac, y ahí la tenemos, completamente entregada, indefensa, sorprendida de lleno por la imagen del rostro que la engarza. Un rostro anguloso, huesudo, y repleto de esquirlas.
        Con la celeridad de una madre que arranca a su bebé de las garras de un enchufe, Cristina pega el salto y aparta la mirada del espejo. Pero en el movimiento, en la retirada descendente con que los ojos se deslizan hasta el borde del témpano para arrojarse a la mesada, involuntariamente barren con las pupilas el trayecto, y entonces se topan con el escote del camisón, que hubiera sido una buena arista de la que asirse para pegar el frenazo, pero no les da el tiempo, y entonces resbalan sobre la curva del pecho y se llevan –es inevitable–, como última imagen de la huída, las manchas rosadas de los pezones que se transparentan bastante más abajo de la altura a la que los ojos, de haberse propuesto una búsqueda, habrían empezado a buscar. Lo que es la falta de costumbre. Y es que hace bastante tiempo ya que los ojos de Cristina no se proponen esa clase de pesquisa.
        Más abajo todavía, la gota sigue cayendo. Esta vez el dedo se lanza solo al camino de la canilla a los labios; mientras tanto, la otra mano, entera, arrebatada, estrangula en un súbito arranque de cólera el cuello del grifo. Es un clásico, el empeño de cerrar lo que ya no se cierra. Cristina no tenía sed, pero de todos modos la gota volvió a caerle en la garganta. Ahora rueda seguramente por el esófago. Imposible detenerla. Al final cae inexorable en la bolsa del vientre y Cristina siente –no es la primera vez– que por adentro también tiene costuras, y que de un momento a otro van a reventar. La gota la dejó al borde de la hidropesía, y sin embargo, la muy cretina acaba de darle una idea.

Novela inconclusa: Capítulo 1, Parágrafo 3


       Hace siglos, veinticuatro años hubieran sido muchos; hace un par de décadas, pocos; pero ahora, cómo decirlo, ahora, si bien no son suficientes, ya pueden, sin embargo, ameritar perfectamente el reproche de perdidos. Y de ese tiempo, no es despreciable el porcentaje que Emma dedicó, primero, a sentarse enfrente de una hoja en blanco, después, enfrente de una pantalla (porque ese tiempo fue justamente el de la transición, el del traspaso de poderes del papel al microchip que el mundo había esperado sentado, y sentado había visto llegar). Y a lo largo de esas horas perdidas, Emma se había topado ya una y mil veces con esa clase de hendiduras, esas grietas que malogran aquí y allá todo intento de fraguado. Tal vez nos repetimos si decimos que Emma está convencida de que esas resquebrajaduras se producen sólo a falta de un buen continente, y entonces las horas se fueron perdiendo en la búsqueda, si no del continente, del modo de encontrarlo.
       «Ella sabe que antes, antes del antes del antes de esa nada testaruda, hubo otro modo», y no peca de humilde, sólo miente. Pero no pretende escribir un diario íntimo, esa farsa que también miente pero se postula verídica, así que Emma es completamente sincera cuando escribe –de un modo, es cierto, repugnante– la mentira de aquel olvido con el que intenta evadirse de cualquier visillo autobiográfico. Y sin embargo recordemos que está detenida, que la frase quedó al borde de una hendidura, desde donde echa de cuando en cuando aburridos vistazos, unas veces a Emma, otras veces al condenado precipicio.
       En realidad, son tres los modos que Emma llegó a concebir. Claro que nunca les dio una formulación muy precisa, y como la frase repugnante, ninguno de los tres alcanzó más que una consistencia cenagosa, son tan sólo como tres montículos de una materia dudosa y húmeda que fueron dispuestos en fila, y que al escurrirse, confundieron sus bordes.
       Es más que factible que haya sido cierta tradición cultural, ignota pero eficiente, la que no le sugirió sino le impuso, el primero de los modos y la reivindicación de ser el único. Es sabido que la tradición propugna esta máxima: todo lo que vale la pena, cuesta trabajo, y como corolario, propicia la inferencia que juzga evidente: el trabajo siempre es penoso; y para que la enseñanza llegue incluso hasta los más cortos, propone también, como esclarecedora síntesis, la negación de su viceversa: lo que no cuesta, no vale.
       Emma, como tantos otros, difícilmente habría podido escapar al golpe de semejante tradición, seca y contundente como un mazazo. Pero por lo menos había logrado hacer de ella otra cosa, algo húmedo, que chorrea, algo blando, que casi no duele. Cientos de veces se había imaginado a sí misma capaz de permanecer durante horas –y quizás indefinidamente– en un estado de absoluta disposición; colgada incluso del estribo de un colectivo, se había visto llegando a casa sin la más mínima señal de fatiga, abrir la puerta, guardar el abrigo en el ropero –esta fantasía siempre le pareció más completa en invierno–, calentar un café, y entonces encontrarse todavía con el contador en cero, la pantalla en blanco, los dedos despiertos, el cerebro generando mil tentativas entre las cuales una, por mera probabilidad estadística, daría al fin en la tecla.
       Pero ese estado no llegó a concretarse nunca. No, al menos, con la duración suficiente como para merecer el estatuto de verdadero estado, sino tan sólo, y con suerte, como la fase inicial, indefectiblemente fugaz, en el proceso del cansancio. De modo que, con el tiempo, Emma empezó a descreer, no del estado de absoluta disposición, sino de su manera de entenderlo. Llegó a pensar –y este pensamiento fue la cuchara de la que se desprendió el segundo montículo– que en vez de estar dispuesta a hacer, podía tratarse en cambio de estar disponible a lo que ya estaba hecho. No sabía exactamente qué podía significar eso, pero una vaga intuición la había aproximado a la idea de una apertura, de una vacancia, de una receptividad sin resistencia alguna y sin interferencias, y entonces –llegó a imaginar– el suceso, el milagro de la transmisión, una voz irrumpiendo desde lo más recóndito de la conciencia, o desde cualquier otro lugar remoto, una voz que le dictaría en secreto el orden, el molde, la disposición ya convenida, las palabras que aguardaban desde siempre el nacimiento del escriba, o más exactamente, la conclusión del período preparatorio, alfabetizador y mundanamente inicial, de la escriba elegida.
       Sin embargo, las horas habían vuelto a transcurrir sin que nada pasara. De vez en cuando una frase, huérfana, impostora o irremediablemente trunca, había llegado a alimentar por un rato la ilusión. Nada más. Y la espera fue tan consecuente aunque tan poco fructífera, que Emma terminó por olvidar lo que esperaba, y sin embargo, retuvo la prescripción de esperar. Y esperó, entonces, echando partículas de espera una sobre otra, formando así el más alto de los tres montículos, el tercer modo: la simple y cotidiana espera, la irresoluta pero igualmente firme confianza en la postergación.
       Aunque ahora que falta poco para que Emma note el desgaste de este tercer promontorio, tal vez el modo que, según escribió, intenta reintegrar a la disponibilidad del recuerdo, no sea otro que el segundo, el que conservaba el sentido de la espera. Y quizás entonces Emma no está mintiendo, y aunque a fuerza de un trabajo que en cierta medida parece cumplir con el mandato de la tradición, intenta resistir a la corriente de la inercia para no escribir un diario íntimo, aunque rema y rema, por el momento, al menos, no consigue escribir otra cosa.
       Sea como sea, la frase le sigue pareciendo repugnante. Y decide, como si temiera olvidar más tarde su repugnancia, resaltarla en amarillo. El mojón de una franja fluorescente señaliza ahora la ubicación de la hendidura. Emma se siente bastante satisfecha con la precaución, en paz con su conciencia, para decirlo de alguna manera, y la maniobra parece idéntica a la del operario de una empresa de servicios públicos que, ni más llegado al área de trabajo asignada, se puso a romper con cierto placer la vereda, y en eso está cuando de pronto se da cuenta de que olvidó observar una importante indicación del reglamento, entonces detiene su tarea para enmendar la omisión y pone, al borde del foso que cavó, el cartel con la consabida leyenda: «Sepa disculpar las molestias. Estamos trabajando para usted».

Novela inconclusa: Capítulo 1, Parágrafo 2


       Están todas empezadas. La constatación podría haber sido previsible: el reloj de la videocassettera compone en dígitos fluorescentes las doce y treinta y cuatro; al lado de los números, una a y una m, bastante más pequeñas, apenas se distinguen desde la cama. Son alrededor de diez las películas que están empezadas, y la secuencia es tan vertiginosa que capta casi como una muestra sincrónica el desfile de unas diez imágenes, el lerdo curso de diez historias. El vitreaux no cuenta con los medios técnicos para desplegarse en el espacio, así que se despliega en el tiempo; primero, en orden ascendente, después, y siempre con el parpadeo de una colisión que se evita con un movimiento brusco, diez entes –caras, umbrales, manos, pistolas– saltan en orden descendente la soga furiosa de los canales.
       Salvo por la luz biónica del televisor, que hace avanzar entre empellones y detiene en seco todo movimiento, el cuarto está a oscuras; las persianas, levantadas hasta el tope, cumplieron por la tarde el ritual higiénico de darle entrada al sol y a todo lo benéfico que pudiera aprovecharse del afuera, y ahora parecen dejar paso a lo que viene de adentro, los vidrios de la ventana reflejan los asaltos de luz sobre un fondo despejado y negro, y el cielo no es más que otra pantalla, un lienzo dispuesto para soportar cualquier proyección.
       Julieta sostiene el control remoto con las dos manos, como si le pesara. Tal vez verdaderamente le pesa. Deben ser entonces –pocos más, pocos menos– unos treinta y cuatro minutos los que están perdidos. Pero igual siempre es así, siempre se pierde el comienzo, aunque las agarres desde los títulos. Probablemente es éste el momento en el que Julieta empezó a pensar estas cosas, si bien nunca se puede saber exactamente cuándo empieza lo que empieza. En el teatro pasa lo mismo: cuando el telón se levanta, uno tiene que hacer de cuenta que hace tiempo que está en el escenario, y que el escenario no es un escenario, sino el lugar donde uno vive, “la dimensión donde uno existe”, como dice Brocca. Y es cierto que uno existe desde antes… ¿Pero desde cuándo exactamente?, parece estar por preguntarse Julieta. Y tal vez en este preciso momento efectivamente se lo esté preguntando, aunque no nos consta que esté usando ninguna palabra.
       La puerta de la habitación está cerrada. Por el agujerito de la cerradura se puede llegar a ver el milimétrico recorte de una luz que llega ya anémica desde el otro extremo del pasillo. También podría oírse, si el volumen del televisor estuviera más bajo, el crujido con el que el parquet delata, entonces para nadie, el peso de la vacilación con el que se acercan unos pies descalzos, y ahora, apenas unos segundos más tarde, el propio sonido desenmascarado de los pies ya decididos, que desandan sus pasos y se pierden a mitad del pasillo para entrar en el baño. Pero Julieta no escucha ni siquiera el ruido que hace la puerta del baño, un ruido declarado y puro, porque quien la cerró aparentemente iba apurado y no pudo detenerse a contener el golpe.
       Ahora la puerta del baño también está cerrada, y adentro, Cristina se enfrenta al espejo. Ha tenido que apoyar las manos sobre la mesada del vanitory para dominar algo que había empezado a treparle por la cara, un hormigueo caliente, un zumbido, la debilidad de un desmayo que ahora, con los pies en las baldosas y las manos en el mármol, parece que se va retirando de a poco.
       Una gota de agua cae y cae, una y la misma, repetidamente. No hay nada que hacer, por más estrafalarias que sean, por más caras, carísimas que sean, por más cromadas, monocomando, ergonómicas, aerodinámicas, hipoalergénicas, por más modernas que sean, las canillas siempre terminan perdiendo. Eso no hay quién se lo discuta a Cristina, ella conoció muchas. Pone un dedo debajo, y espera a que la gota lo golpee tres o cuatro veces antes de llevárselo a los labios. Había sentido sed, y la gota la sació casi en exceso. Una de las manos sigue todavía aferrada a la mesada; ahora la deja caer al costado del cuerpo, los pies quedan un instante sorprendidos por el retorno del peso, dan un paso hacia adelante buscando recomponer el equilibrio, y a Cristina le parece sentir que su vientre se bambolea como una bolsa llena de agua. Se levanta el camisón y se mira la panza. Es un gesto automático y desafortunado.
       Julieta deja caer las manos. En el canal 21 están dando “Cuando Harry conoció a Sally”, y está por llegar la escena en la que Meg Ryan finge un orgasmo en el restaurant. No, todavía falta.

Novela inconclusa: Capítulo 1, Parágrafo 1

       «Recapitulemos. Hagamos una síntesis, un esquema, algo que ordene el vacío. Hace tiempo que tropiezo con este amontonamiento vacío. La nada se repite como una única letra que se imprime sobre sí misma hasta agujerear el papel.» 
       Enciende un cigarrillo y suelta la primera pitada con un soplido exhaustivo. Una nube cilíndrica y turbulenta, como un tronco añoso, se estampa contra el muro de la pantalla y se parte en dos; las letras bailan unos instantes detrás del humo; fugándose a ambos costados del monitor, las volutas dibujan unos cuantos arabescos antes de perderse en la oscuridad. La mirada de Emma se pasea de un margen al otro, sin perseguir las volutas y sin leer; finalmente se posa sobre el espacio todavía en blanco: «Fue así todo este último tiempo –tecla, tecla, tecla–, pero yo sé que antes, antes del antes del antes de esta nada testaruda, hubo otro modo que» que… que… –está al borde, en la orilla, con los dedos suspendidos sobre el teclado, la espalda curva, al acecho. El “que” la asusta de pronto, lo borra con tres golpes –tecla, tecla, tecla– y lo sustituye por un punto. «Fue así todo este último tiempo –tecla, tecla, tecla, pero yo sé que antes, antes del antes del antes de esta nada testaruda, hubo otro modo.»
       La noche es una circunstancia astral, pero también un decreto. La persiana amontona sus tablitas sobre el descanso de la ventana, dándole a la clausura un aspecto desmesurado y ridículo, como el de una camisa que incluso arremangada nos queda larga. Sólo en la parte de arriba las tablitas conservan cierta mínima distancia, dejando que entren algunos botones de una luz intermitente y pálida, el cartel de neón del garaje de enfrente, o tal vez sólo los faros de los autos siguiendo una caprichosa trayectoria reflexiva.
       Emma se deja caer sobre el respaldo y estira las piernas. Una nueva pitada se escapa muy lentamente de su boca; sin más propulsión que el aliento, la nube es esta vez compacta y estacionaria, flota sobre la lengua y se deshila poco a poco al rozar el filo de los dientes. Ya aliviada del susto o quizás todavía para aliviarse, vuelve a plegar las piernas, sube los pies al asiento y se pone a abrir las hebillas de las sandalias. Ahora sostiene el cigarrillo en la boca, sin pitar, y el humo brota sólo de la brasa, le acaricia la cara con torpeza y la obliga a entornar los ojos. El humo, ahora, nace y muere virgen. Dos espesos mechones de pelo oscuro caen a un lado y al otro, pegados a la cara. Los meñiques giran para engancharlos detrás de las orejas. Las manos trabajan bilateral y simultáneamente sobre las dos hebillas, los dos mechones, las dos orejas, y una vez terminada la disposición de lo par, Emma duda un instante antes de agarrar el cigarrillo. Finalmente lo hace con la diestra. Entonces lee: «Recapitulemos. Hagamos una síntesis, un esquema, algo que ordene el vacío. Hace tiempo que tropiezo con este amontonamiento vacío. La nada se repite como una única letra que se imprime sobre sí misma hasta agujerear el papel. Fue así todo este último tiempo –tecla, tecla, tecla–, pero yo sé que antes, antes del antes del antes de esta nada testaruda, hubo otro modo.»
       Una mueca le contrae un costado de la cara y barre con la simetría, deformándole el alivio. Los pies bajan de la silla, desanimados. Emma niega con la cabeza hasta que la conclusión se desprende como un piojo: Parece un diario íntimo.
       El párrafo la mira impertérrito desde la pantalla. Ella también lo mira, con los ojos fijos en la primera palabra. La medida, sensata, cae entonces por su propio peso y se impone como una urgencia: Saquemos ya la primera persona. El torso se inclina de nuevo hacia delante (¿…saquemos?); las manos se abalanzan sobre el teclado, abochornadas (¿…recapitulemos? ¿y de dónde sale el plural?); el mechón derecho se zafa de la oreja y se derrumba sobre los ojos. Hace calor. El índice izquierdo acaricia la efe ya con cierto nerviosismo, el derecho aguarda rígido sobre la jota; ninguno de los dos parece dispuesto a abandonar su posición. Entonces es la boca la que tiene que ocuparse esta vez del percance: el labio inferior se estira y forma un balcón para orientar la curva de aire y un nuevo soplido, esta vez sin humo, logra despegar el pelo de los párpados.
       Emma lleva el cursor hasta la sangría y empieza a corregir: «Se sentó por fin a recapitular. Una síntesis, un esquema, algo que ordene el vacío. Hace tiempo que tropieza con ese amontonamiento vacío. La nada se repite rutinariamente como una única letra que se imprime sobre sí misma hasta agujerear el papel.» Borra “rutinariamente” y continúa: «Fue así todo el último tiempo –tecla, tecla, tecla–, pero ella sabe que antes, antes del antes del antes de esa nada testaruda, hubo otro modo… –borra el punto, temeraria– …otro modo que ahora intenta reintegrar a la disponibilidad del recuerdo».
       Vuelve a reclinarse sobre el respaldo y relee. El agregado le parece repugnante, pero se resiste a borrarlo. Evidentemente, algo en ella se empeña en poner ahí un “que”, y algo también –otra cosa, un presentimiento, otra especie de fuerza, despótica pero protectora– parece estar queriendo hacerle entender que ese incluyente la conduciría por un camino que traspasa cierto tabú; no cabe duda de que es el choque, la recíproca repulsión de las dos fuerzas, lo que cada vez la traba en el vacío o la desliza hacia el error, igual que cuando dos imanes se enfrentan por las caras del mismo polo. Emma acaba de encontrar ahí una de esas hendiduras que son incohesibles, pero no quiere aceptarlo y, todavía a estas horas confía en que, más tarde, descubrirá algún modo de intercambio, el punto de encastre, o quién sabe, tal vez un adhesivo lo suficientemente fuerte.
       No es la primera vez que llega a una orilla como ésta. Y sin embargo, la experiencia de la imposibilidad, una y mil veces repetida, no alcanzó todavía a consumir –lo cual es casi un prodigio– la confianza que Emma tiene depositada en la postergación, ese último recurso que, en virtud de cierto olvido o de cierta distorsión del recuerdo, Emma considera el primero. Es probable que la inversión de confianza haya sido verdaderamente grande en los comienzos, razón por la que tarda en agotarse. Pero no falta demasiado para que por primera vez Emma se dé cuenta de que ha ido reduciéndose con el correr de los años, desvirtuándose con el uso y el abuso, y que lo que en su tiempo fue una confianza ciega, en realidad ahora no es más que una miope esperanza. La cantidad y la calidad muchas veces se intersectan y cavan agujeros de esta clase, por donde poco a poco lo sólido se va escurriendo y lo líquido se evapora.
       Pero en este momento Emma aún no quiere percatarse de la merma. Mira la frase con ojos de desafío, Repugnante, definitivamente repugnante… pero provisoria. No vas a durar mucho, y ni siquiera cede en confesarse la pereza, mucho menos la impotencia; ahora hace uso para consolarse de una frase tan o más reprobable que la reprobada, una perogrullada irreflexiva: Sólo es cuestión de tiempo, se dice, pero en el fondo actúa como si la cuestión no fuera de tiempo sino del tiempo.
       La idea parece ser ésta: sólo hay que dejar transcurrir delante de la pantalla las horas que hagan falta, que antes o después –pero más bien después que antes– la frase, ahora voluble, ahora evanescente, terminará por precipitar y cuajar perfectamente adentro de su molde. No cabe ninguna duda –o Emma no le hace sitio– de que en la unión de un número finito de puntos del cosmos discursivo, aguarda el polígono que erige las paredes del molde de esta frase. Que esta repugnante deformidad que por el momento ostenta su precaria victoria sobre la forma, finalmente va a darse por vencida, finalmente va a conformarse. Una horma, única y precisa como una dentadura, le está destinada, sólo tiene que encontrarla. ¿Pero quién?
       Los dedos de Emma se deslizan suavemente por el laberinto que sitia los botones del teclado, ese remanso vacío de letras que circunvala las letras, sabiendo de antemano que no es éste el momento, y que ni siquiera va a ser ésta la noche, en que la frase coagulará por fin en su combinatoria. Tímidamente agarrado al techo, el ventilador rota sus aspas con una lentitud desvergonzada; Emma, sumergida en el calor de abajo, no se decide por ninguna de las teclas. Si le preguntáramos, probablemente diría lo contrario, pero la verdad es que todavía no tiene prisa. Y eso que ya está por cumplir veinticuatro años.

23.8.10

Novela inconclusa: Capítulo 1, Parágrafo 7

         No es de extrañar que un fabricante de ventiladores de techo pretenda, sin que se le caiga por eso la cara de vergüenza, que la velocidad mínima de la que disponen sus artefactos cumple a la perfección con su función de ventilar, aunque, como bien indica la lógica y el rótulo al que se orienta la posición de la perilla, en un grado rigurosamente mínimo. Cualquier buen industrial, sea de oriente o de occidente, podría exigir que se le reconociera al hecho su estatuto de evidencia: las aspas se mueven, y por lo tanto, empujan necesariamente el aire, no podrían desplazarse sin desalojarlo del paso, y si este desplazamiento es mínimo, tal como justamente se promete, el caso está cerrado: la lealtad comercial ha permanecido intacta. Al menos en su manifestación empírica, la noción de lo mínimo parece ser, en efecto, inequívoca y universal. Y sin embargo, de seguro esta pretensión se aplica aún con menos probabilidades de pudor si, como es éste el caso –cerrado e irrevocable–, el susodicho fabricante de ventiladores de techo es de origen chino, que ya se sabe hasta qué punto esa gente es rigurosa y vive, no sólo al pie del cañón, sino también al pie de la letra.
     Ahora bien: yendo apenas un poquito más allá de lo mínimo, resulta indudable que únicamente un oriental está en condiciones de aseverar, sin por eso mostrarse insincero, que las otras dos velocidades que ofrece su ventilador de techo permiten, además de sobrevivir al calor, hacer alguna otra cosa. Una cultura milenaria testimonia sobradamente acerca del máximo poder de concentración de que es capaz la mente humana. Pero cuando estos artefactos se transculturan, los problemas no se hacen esperar. Un ser humano occidental promedio es absolutamente incapaz de tolerar la vibración, el tamborileo incesante del disco en el que van insertas las aspas, o por lo menos no puede ignorarlo, ni aún enfrascado en la meditación más profunda puede sustraer la atención de la angustiosa posibilidad de que el helicóptero se venga en picada, ni siquiera despegar los ojos de la irreductible hendidura con la que el cielo raso occidental se muestra incompatible con el mamotreto y se niega a asimilarlo. Un ser humano occidental promedio decididamente no es capaz de concentrarse en ninguna tarea estando bajo la turbulenta revolución de las posiciones media y máxima. Mucho menos conciliar el sueño.
         Serán apenas unos dos metros, aglutinados y oscuros, los que separan la mesa en la que Emma intenta escribir, de la cama en la que Manuel intenta dormir. A pesar del calor, la ventana lleva mangas largas y el ventilador gira en su velocidad mínima con una desfachatada indolencia.

Novela inconclusa: Prefacio

       Las historias no tienen un comienzo. Es la voz que las cuenta, los dedos que las estampan contra el papel, los que empiezan un día determinado y a una hora precisa. Antes de ejercer semejante violencia, las manos vagabundean, se crispan contorsionando el vacío, y el aparato fonador se demora retorciéndose en gemidos y carrasperas. Si hay algo que los lleva a ensayar el artificio de un comienzo es que, sin duda con ojos errantes y disfónicos, vislumbran la necesidad de un final. 

19.8.10

Novela inconclusa: fragmento 2

         Siete. Son siete las nubes que ocupan la ventana. Y ni una de lluvia. El sol se las arregla sin problemas para atravesar los siete copos, y para colmo deja en cada uno su rutilante marca triunfal. El cielo está hoy encendido y pretencioso. Más o menos fue eso lo que pensó Emma después de revisar la cuenta. Pensaba más o menos eso, aunque sin ningún adjetivo, sólo con fastidio, mientras dudaba entre resignarse al buen tiempo o fabricarse un afuera encapotado, oscureciendo otra vez el departamento mediante el artificio de las persianas. Pero no hacía ni media hora que las había levantado, y desde ese mismo momento la había estado persiguiendo cierto rumor que la obligaba, vaya uno a saber mediante qué mecanismo, a dejarlas como estaban y apagar las luces. El rumor era ese día indescifrable, pero poderoso como siempre. El judaico sentido del deber prescribía austeridad y ahorro en el consumo de la energía eléctrica. Era un mandato que, habiendo partido del puesto más remoto de sus antepasados, había surcado los mares atravesando la fila india de las generaciones, dejando en cada una de ellas su marca rutilante y triunfal. Afortunadamente esa mañana Emma no había desplegado totalmente las antenas todavía, y el texto del mandato se diluía en las interferencias; sólo la alcanzaba un rumor mohoso, como en sordina, apagado por el manto de las algas. De todos modos era suficiente: el rumor llegaba como una señal vaga pero imperiosa; ella lo recibía como la sensación de un desarreglo, como quien presiente que los retratos de sus muertos han amanecido torcidos en la habitación contigua. Persistir entonces con las luces encendidas hubiera sido como pretender enderezar la pared. Pero por suerte el departamento no tenía más que un ambiente, y además Emma mantenía todavía las antenas medio replegadas, por lo que no alcanzaba a tomar plena conciencia de la determinación ancestral del desarreglo. Confundía el rumor, la señal, incluso la sensación misma de desarreglo, con el fastidio, lo único que esa mañana era de su propia y entera cosecha. Ignorándolo casi todo esta vez, poseída como una zombi por el mandato indescifrado, se disponía a apagar por fin el velador de la mesita que durante media hora había logrado dilatar la condena. La sentencia era justa: la redundancia es un crimen, aquí y en el Congo Belga. Pero la fracción lúcida de Emma renegaba de su función de verdugo y se acercaba al velador con la congoja de una despedida. Y mientras hurgaba detrás de la mesita buscando el interruptor, el timbre del teléfono le hizo girar sobre sus talones y encaminarse hacia la pared contraria. No quedó claro si pensó en la absolución del gong o si no pensó en nada y fue a levantar el tubo sólo por obedecer la contraorden.

Novela inconclusa: fragmento 1

Una torre de ceniza se desmorona sobre el teclado. Emma tarda unos segundos en encontrar el cenicero en el desorden de la mesa. Le había puesto encima la caja de un disco para tapar el olor rancio de las colillas. Apoya la caja sobre una taza, arrima un poco el cenicero, apoya el cigarrillo. Después sopla sobre las teclas. La oscura superficie de la mesa, espolvoreada de ceniza, toma un aspecto marmóreo.
«El vacío había tenido, entonces, un antes-antes» –retoma–. Punto. «Y había sido –creía– el de la secuencia:». Reemplaza los dos puntos por uno solo. Respira hondo y escribe a continuación: «Una letra al lado de otra letra, una línea abajo de otra línea, una página entera, y otra, y otra», al final de lo cual las manos, exhaustas, aturdidas, resbalan por las teclas hasta desbarrancarse de la mesa y caer sobre la falda. Ahora se reclina de nuevo hacia atrás, pero esta vez cautelosa, sigilosamente, como si presintiera cierto peligro; la espalda entra apenas en contacto con el arco conciso del respaldo cuando el peligro cierto y su resorte, el rebote de la angustia, la dispara otra vez hacia adelante con su descarga paroxística; un golpe que pareció brotarle del pecho, o quizás del vientre, irradia hacia las piernas y los brazos; los pies se despegan bruscamente del piso, los hombros se estremecen; movimientos parásitos, reflejos, contagiados, reverberan en torno de las manos, la verdadera fuente del apremio (en realidad son los dedos los que corren: regresan al teclado para poner un punto). Punto. El índice ejecutor ha sido finalmente el de la diestra –la que asume la tarea casi siempre que se trata de una cuestión impar–; mientras tanto la zurda, aún más exhausta y aturdida que antes pero quizás también consciente de la redundancia, ha vuelto a dejarse caer, esta vez a un costado de la silla. Relee por primera vez en voz alta, tal vez para terminar de aplacar la urgencia, paladeando la entonación descendente con la que el punto viene a desmentir todo asomo de desesperación: «Una letra al lado de otra letra, una línea abajo de otra línea, una página entera, y otra, y otra.».
Su voz suena áspera en el silencio de la noche. Como la desgarradura de una tela. Una especie de eco demora la sutura del silencio enredándolo en las hebras de una voz –una voz que ya no es la suya–. Un murmullo lleno de palabras –un fonema después de otro fonema, inmediatamente después otro, y otro, y otro, pero en una compresión que arrasa con todo rasgo diferencial, con todo intervalo–. Un desasosiego extraño –aunque no inédito–, que dura hasta la irrupción del sobresalto: de repente se acuerda que Manuel duerme. Y entonces el sobresalto desemboca en el miedo de haberlo despertado, o más bien en el de haber olvidado que él estaba durmiendo, ahí atrás, ahí mismo, tan cerca de ella, y a pesar de la luz –¡pobre ángel…!–, y a pesar del tac-tac-tac de las teclas.
Gira la cabeza y lo busca más allá del exiguo radio de la lámpara: ahí está, tumbado boca arriba, con la mitad del torso fuera de las sábanas y el antebrazo derecho sombreándole aún más la penumbra de la frente. Duerme mi amor, llega casi a pronunciar, y es tan bonito… Ya no hay murmullo ni nada, sólo él en su postura más majestuosa. Es más elegante cuando duerme que cuando está despierto, piensa, no ronca ni se babea, ni se enrosca como una serpiente: sólo reposa. Se queda viéndolo un buen rato, yendo y viniendo con la mirada del vello de la axila al del pecho, rojizos aún en la sombra. Manuel persiste en su posición: en efecto, aparentemente duerme. Emma endereza la cabeza; de nuevo de frente al escritorio, apoya los codos sobre la mesa, engarza la cara entre las manos y estaciona la mirada en la nuca de la lámpara.
La lámpara del escritorio tiene un cuello flexible y una pantalla cónica que ella mantiene orientada hacia la pared como si la tuviera permanentemente en penitencia. Odia la luz directa. Así de espaldas, la lámpara irradia sólo un halo fluorescente en el perímetro de la pantalla y parece la cabeza de un santo. Es un astro que produce su propio eclipse, había dicho Manuel una vez, estando de buen humor, y a Emma le había disgustado profundamente la idea. Ella prefiere acomodar ahí una semejanza con las plantillas de cartón que usaba cuando era chica para adornar su cuaderno de clase. El procedimiento era sencillo: unos cuantos trazos furiosos bastaban para que la punta de la mina del lápiz se deshiciera como una zanahoria contra un rallador, luego se recogía el polvito con un pedazo de algodón y se lo esparcía en los bordes de la plantilla. La clave del éxito residía en la producción de la plantilla misma, en la calidad de su diseño y en la precisión de su recorte. Emma había llegado a perfeccionarse de una manera envidiable en ese artilugio, consiguiendo formas cada vez más sofisticadas. Nubes algodonosas, muñecas con trenzas, soles, estrellas, lunas menguantes, cabezas de conejo, margaritas, apariciones que habían ido dejando la marca de su desaparición, su negativo: una vez retirada la plantilla, un aura difuminada brotaba del vacío componiéndole un contorno, cientos de siluetas fantasmagóricas se engendraban así llenando el cuaderno de colores –y de ausencias–. De modo que la lámpara es como una plantilla de cartón, no un astro que se eclipsa a sí mismo, había refutado Emma. Y afortunadamente son contadas las ocasiones en las que Manuel la da vuelta. Aunque se queja casi todos los días de la falta de luz, es muy raro que tenga esa clase de iniciativas. Una que otra vez, sin embargo, tomó cartas en el asunto “iluminación de la casa”; ocasiones que pasaron para él como intervenciones fugaces, rápidamente olvidadas, mientras que para Emma introdujeron desarreglos lamentables y permanentes.
El único ambiente está repleto de lámparas, pero es cierto que la acumulación no suma una gran potencia lumínica; la favorita de Emma, petisa y con la pantalla anaranjada en forma de flor, ni siquiera está enchufada porque no alcanzan las tomas. La había comprado en uno de esos negocios de Palermo Soho, muy new age, muy lounge, e irresistiblemente retro. Le había salido carísima. ¿OT-TRA LÁMpara, …mi amor? –recuerda perfectamente que él había agregado el vocativo tratando de distender su entonación crispada. Ella se había quedado detenida con la lámpara en la mano a medio desenvolver; su corazón había dado un golpe tan fuerte que le había dolido el pecho. Tal vez había hecho un breve pucherito con la boca, o con los ojos, de eso no se acuerda muy bien; tal vez habían sido sólo los jirones de papel amarillo, colgando tristemente del pie en forma de tallo, los que habían conseguido conmoverlo y disolver la crispación en un aire sereno y razonante. No, bueno, está linda… ¿pero dónde la vamos a meter? Negrita, date cuenta que ya no hay ni superficies donde apoyarla ni enchufes donde enchufarla. Si seguimos agregando triples a los triples, un día de estos se nos va a prender fuego todo… El cigarrillo se consumió por su cuenta; inclinado sobre el cenicero, un esqueleto cilíndrico testimonia una cremación respetuosa de las formas. Lámparas y zapatos, lámparas y zapatos –había reanudado la queja otro día–, necesitaríamos un departamento entero sólo para poner tus lámparas y tus zapatos… Bueno, creo que con un ambiente más alcanzaría… –le había contestado ella sonriendo, sin malicia, con la única intención de denunciar la exageración. Pero él lo había escuchado como un reproche. La miró fijo un momento, con una amenaza indecisa, y enseguida descompuso la cara en un gesto amargo. Emma no puede soportar ese gesto de Manuel, y hace malabares para evitarlo cada vez que lo ve venir en una discusión. Pero aquella vez no lo había visto venir, y entonces de nuevo el corazón le había punzado el pecho. La cuestión es que había habido que optar, pero la opción había sido al principio otra. Durante un tiempo, la flor anaranjada le había usurpado su sitio al velador de pantalla blanca. El velador es simpático, pero común y corriente, y a Emma le había parecido evidente que, de tener que sacrificar alguno de los artefactos, el velador de pantalla blanca implicaba la renuncia más sencilla. Convengamos que la lámpara naranja es sólo de adorno, no alumbra un carajo, había empezado a decir él un tiempo después, tan cansado como siempre de tantear las cosas como un ciego, en uno de esos erráticos días en que lo atacaba cierta urgencia por actuar. La flor anaranjada estaba encima de la cómoda y francamente no iluminaba más que la brasita del cigarrillo. Nunca puedo estar seguro de si agarré dos medias del mismo color, Emma, enchufemos esta otra, si total es un adorno, la dejamos igual, pero desenchufada. Sí, es un adorno, un adorno luminoso, pensó ella, pero no protestó.

18.8.10

Recapitulación

       Se sentó por fin a recapitular. Una síntesis, un esquema, algo que ordenara el vacío. Hacía tiempo que venía transcurriendo en un vacío confuso. La nada repitiéndose como una única letra que se imprime sobre sí misma hasta agujerear el papel. Tecla, tecla, tecla, la misma tecla. Por eso ahora, los brazos cruzados, las piernas derramadas hacia delante, y la intención de recapitular.
       Había sido así todo el último tiempo –tecla, tecla, tecla–, pero antes, antes del antes del antes de esa nada testaruda, había habido otro modo que ahora intentaba reintegrar a la disponibilidad del recuerdo.
       El vacío había tenido, entonces, un antes-antes. Y había sido –creía– el de la secuencia. Una letra tras otra, en una línea, una página llena, y otra, y otra. La sólida plenitud de hojas y hojas, la acumulación entonces no de lo mismo sino de lo parecido, de lo otro y sus variantes.
       Pero ahora, en la recapitulación, aquello tenía el aspecto cuadrangular de una caja. Y a pesar del sintagma, aquel otro modo no había servido más que para detener todo transcurso. Un afán coleccionista, y las letras, entonces unas al lado de otras, se habían ido acomodando en hilera, llenando y rellenando el espacio con una combinación infinita pero trunca. Ahora aquello se recuperaba –apenas– con el formato de sus paredes rectas, tronchadas por la perpendicularidad de la renuncia, y la tristeza amarillenta de una tapa arqueada por el peso del polvo que desalentaba cualquier idea de reapertura.
       Había habido, pues, dos modos, pero pronto vio que, en la dupla, cierta reiteración quedaba ostensiblemente descubierta por el re- de la repetición y de la recolección, y que encima, ahora, la recapitulación se estaba diluyendo en un mero ejercicio de impotencia, por donde la reapertura de la renuncia desembocaba rápidamente en la renuncia a la reapertura, y que dicha desembocadura, por lo tanto, adquiría ahora –en el ahora del ahora– la breve declinación de un estanque cuadrado en el que lo otro y sus variantes burbujeaban con el mismo estertor y con el estertor de lo mismo.
       Entonces pensó que su recapitulación no era sino el re- de una capitulación, y por fin el por fin se descubrió a sus ojos desnudo de tiempo, perpetuo.
El lápiz, en la mano izquierda, tiembla con torpeza de diestro.
Si supiera qué clavija daría a la monótona
el giro estridente de un paso,
sólo un paso, un solo paso
que alterara la progresiva sucesión hacia el ascenso decadente,
y encontrara la hendidura,
la grieta que resquebraja la horizontal declinación de la planicie,
si fuera este gatillo el que cancelara la monótona,
este interruptor, este resorte
el que tensa la elástica austeridad de la aspereza
de la lona que lo contiene todo,
que lo retiene todo,
si pudiera encontrar la tijera, el cuchillo, el hacha, la pluma,
la pluma cuatrífida que alcanzara
las cuatro trompas de los cuatro elefantes de las cuatro esquinas
y el estornudo,
la centrífuga dispersión,
la calamitosa conmoción de la catástrofe,
si conociera el detonador que hiciera volar el universo de mi baldosa infinita,
si lo atrapara mi mano,
o si me alcanzara el largo del índice,
apretaría el botón
de esa letrina maravillosa.
Hoy me busco
en el tumor que me extirparon
en las fechas de vencimiento
en las células muertas
en las cicatrices rencorosas
en el nevermore del cuervo.