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11.3.11


Ya llevo dos días esperando que sedimente.
Que la purpurina termine de caer en mi lapicera de agua.
Pero entonces,
cuando todo parece estar por aquietarse,
me urge de pronto anotar una palabra.
Pucha, escribo,
y le pongo un signo de exclamación al final,
sólo al final,
uno solo,
como si así evitara algo.

9.2.11


Ahora crepita un fuego que no sabemos cómo se apaga.

Recién estábamos lejos, bastante lejos del fuego, en la otra punta de la habitación que prometía mantenerse cálida en cualquier parte. Pero empezamos a sentir algo de frío.

Íbamos a decirnos algo. A ofrecernos frazadas, alguna manta tejida al crochet por alguna madre preocupada por que el calor se alcance sin necesidad del fuego.

El fuego quema. Enciende, arde, urge, y después carboniza.

Las madres siempre saben eso. Y el “yo te dije” de las madres promete siempre mantenernos fríos en cualquier parte, ahí donde estemos. Así que nos acercamos a las llamas, sin remedio, con la sola esperanza de desmadrarnos.

18.8.10

Recapitulación

       Se sentó por fin a recapitular. Una síntesis, un esquema, algo que ordenara el vacío. Hacía tiempo que venía transcurriendo en un vacío confuso. La nada repitiéndose como una única letra que se imprime sobre sí misma hasta agujerear el papel. Tecla, tecla, tecla, la misma tecla. Por eso ahora, los brazos cruzados, las piernas derramadas hacia delante, y la intención de recapitular.
       Había sido así todo el último tiempo –tecla, tecla, tecla–, pero antes, antes del antes del antes de esa nada testaruda, había habido otro modo que ahora intentaba reintegrar a la disponibilidad del recuerdo.
       El vacío había tenido, entonces, un antes-antes. Y había sido –creía– el de la secuencia. Una letra tras otra, en una línea, una página llena, y otra, y otra. La sólida plenitud de hojas y hojas, la acumulación entonces no de lo mismo sino de lo parecido, de lo otro y sus variantes.
       Pero ahora, en la recapitulación, aquello tenía el aspecto cuadrangular de una caja. Y a pesar del sintagma, aquel otro modo no había servido más que para detener todo transcurso. Un afán coleccionista, y las letras, entonces unas al lado de otras, se habían ido acomodando en hilera, llenando y rellenando el espacio con una combinación infinita pero trunca. Ahora aquello se recuperaba –apenas– con el formato de sus paredes rectas, tronchadas por la perpendicularidad de la renuncia, y la tristeza amarillenta de una tapa arqueada por el peso del polvo que desalentaba cualquier idea de reapertura.
       Había habido, pues, dos modos, pero pronto vio que, en la dupla, cierta reiteración quedaba ostensiblemente descubierta por el re- de la repetición y de la recolección, y que encima, ahora, la recapitulación se estaba diluyendo en un mero ejercicio de impotencia, por donde la reapertura de la renuncia desembocaba rápidamente en la renuncia a la reapertura, y que dicha desembocadura, por lo tanto, adquiría ahora –en el ahora del ahora– la breve declinación de un estanque cuadrado en el que lo otro y sus variantes burbujeaban con el mismo estertor y con el estertor de lo mismo.
       Entonces pensó que su recapitulación no era sino el re- de una capitulación, y por fin el por fin se descubrió a sus ojos desnudo de tiempo, perpetuo.
El lápiz, en la mano izquierda, tiembla con torpeza de diestro.
Si supiera qué clavija daría a la monótona
el giro estridente de un paso,
sólo un paso, un solo paso
que alterara la progresiva sucesión hacia el ascenso decadente,
y encontrara la hendidura,
la grieta que resquebraja la horizontal declinación de la planicie,
si fuera este gatillo el que cancelara la monótona,
este interruptor, este resorte
el que tensa la elástica austeridad de la aspereza
de la lona que lo contiene todo,
que lo retiene todo,
si pudiera encontrar la tijera, el cuchillo, el hacha, la pluma,
la pluma cuatrífida que alcanzara
las cuatro trompas de los cuatro elefantes de las cuatro esquinas
y el estornudo,
la centrífuga dispersión,
la calamitosa conmoción de la catástrofe,
si conociera el detonador que hiciera volar el universo de mi baldosa infinita,
si lo atrapara mi mano,
o si me alcanzara el largo del índice,
apretaría el botón
de esa letrina maravillosa.
Hoy me busco
en el tumor que me extirparon
en las fechas de vencimiento
en las células muertas
en las cicatrices rencorosas
en el nevermore del cuervo.

17.8.10

Me he propuesto ensayar algunos disparos,
a ver qué pasa con mis sienes.
Si las muñecas rusas
aglutinan el pasado en la línea del estante,
la ruleta rusa
promete el impacto que imprimirá el futuro en un punto.
Sé que estoy loca,
pero nadie quiere concederme la locura.
Ni un revólver.
Memoria herrumbre,
puntas arqueadas,
amarillas,
hice lo que me pediste,
joven suicida,
para que puedas paliar tu cargo de conciencia.
Forjé el hierro blanco,
edifiqué los anaqueles,
parcelé el horizonte.
Cumplí con mi promesa.
Pero ahora,
sobre el vasto silencio
–y aunque las puertitas están bien cerradas–,
la metálica concreción de la cuadrícula
se llenó de polvo.
Así, como quien no quiere la cosa.
Me falló el hermetismo.
Perdón.